MIGUEL A. GÓMEZ-MARTÍNEZ

Prensa

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Miguel Ángel Gómez Martínez, la épica del genio


2018-11-02

El genio no se hereda. Es un don caprichoso que, sin embargo, requiere muchas horas de trabajo para salir de su escondite. No atiende a razones de cuna, ni de entorno. Se pueden tener unos padres músicos y salir al abuelo, con un oído frente al otro. Se puede vivir en una ciudad donde la música sea omnipresente, y preferir las canicas. Por ello, es imposible de predecir, es incomprensible. Y por ello, cuando el genio surge, siempre sorprende. En aquella Granada pacata y provinciana, en el mejor y en el peor de los sentidos, de mediados del turbulento siglo XX, se incubó un genio. El director de orquesta y compositor granadino Miguel Ángel Gómez Martínez es un hijo de ese tiempo extraño y difícil, que ha sabido convertir el arte en su vida y su vida en un arte. Antes de que sigan leyendo, una advertencia. No queremos engañar a nadie. Este artículo está escrito desde el cariño y la amistad. El cariño y la amistad hacia quien lo ha encargado, y el cariño y la amistad hacia quien es su protagonista.

Miguel Ángel nació en una familia de músicos. Su padre es una institución dentro de la Banda Municipal. Su madre, Pepita, ya fallecida, fue una excelente pianista. Contrariamente a lo que pueda pensarse, sus progenitores no vieron con buenos ojos que comenzara a interesarse por la música desde que sus oídos despertaron, y a estudiar música con cuatro años. Pero aquel Miguel Ángel, como el de ahora, sólo ha tenido una barrera en su vida: la de la educación y el respeto más allá de lo que hoy se estila. Esa misma barrera le impide polemizar con quienes no quieren su bien que, desgraciadamente, son unos cuantos, y algunos de ellos 'y de ellas' siguen ostentando puestos de responsabilidad en el mundo de la música granadina. Esa misma barrera, y un 'Ça m'est égal' propio de un caballero que pierde su prodigiosa memoria a conciencia, le impide responder como debiera a las maledicencias que la envidia genera. Ya hablaremos más tarde de otras de sus fantásticas 'manías, que no dejan de sorprender a quien tiene la suerte de conocerle de cerca.

Y como ir al grano es una de las virtudes que Gómez Martínez más admira, sigamos tirando de biografía. Tres años bastaron a aquel niño para colocarse frente a la banda de música de la ciudad en el histórico quiosco del Paseo del Salón, aún hoy en pie, aunque levemente desplazado de su ubicación original. Siete años tenía aquel ser vestido de blanco, peinado según la usanza de la época, y con una batuta en la mano que parecía más un estilete. Es difícil imaginar lo que sintió, por mucho que el maestro lo haya contado en más de una ocasión. La foto de Torres Molina publicada por IDEAL muestra un caluroso 30 de junio, con la boca de escenario que hace el quiosco llena de gente, soportando el calor unos a la sombra, y otros al sol, mientras el resto del público se guarece bajo los árboles inmediatos. Incluso existe una película casera de aquel evento, que cualquiera puede ver en YouTube. El pequeño director compone el gesto que le hará famoso, con el pequeño matiz de que entonces miraba -lo justo- la partitura y hoy apenas la usa, tal es su capacidad de retentiva. Llama la atención a los músicos a golpe de batuta. Levanta los brazos y comienza. Pide brío cuando es necesario. Marca el compás con exactitud. Al terminar, su madre le acompaña orgullosa entre la gente que la felicita. El propio Gómez Martínez cuenta la génesis de aquella jornada: 'Ocurrió que un día fui a recoger a mi padre tras un ensayo de la Banda para que luego me llevara al parque. Ni entonces, ni ahora, era yo precisamente tímido, así que al entrar en el recinto, medio grité: 'Buenas tardes'. Los músicos se hartaron a reír, y el director (José Faus), me dijo: `Miguel Ángel, tú que sabes mucho de música, ¿no te gustaría dirigir algo?: Y allí mismo me planté por primera vez delante de una orquesta.

El programa que dirigió estuvo compuesto por el intermedio de 'La leyenda del beso' de Sorozábal, la obertura de 'El barbero de Sevilla de Rossini y el pasodoble 'Pepita Greus' de Pérez Chovi. Un programa, por cierto, repetido justo 50 años después en un concierto de homenaje, con una Banda a la que apoyó incondicionalmente en su reciente Centenario, y para la cual estrenó 'Etapas de una vida'. Esta es una obra altamente evocadora de aquellos años infantiles y juveniles en los que recorrió las calles de una Granada a la que vuelve cada vez que le es posible.

Un joven 'preparado'

El maestro siguió sumando récords conforme fue cumpliendo años. A los 13 obtuvo el título de profesor de piano, y a los 17 ganó el Premio Extraordinario de Composición en el Conservatorio de Madrid. Y llegó el momento de emigrar, ya que en la España de la época no existía la cátedra de Dirección de Orquesta. Obtuvo una beca de la Fundación March que le permitió trasladarse a Viena con su madre -su única compañera durante décadas-, y aprender a las órdenes del maestro Hans Swarowski, de quien se ha convertido en el máximo representante en cuanto a la forma de entender la dirección orquestal. De sus años de Viena acompañado de la inolvidable Pepita Martínez hizo memoria de la siguiente manera: 'Ella al piano y yo con el contrabajo, solíamos actuar en un restaurante vienés en compañía de un violinista húngaro gitano y un acordeonista yugoslavo. Mi madre también siguió tocando después en un café-concierto de Lucerna durante los comienzos de mi carrera. Entre el público había miembros de la Orquesta Filarmónica de Viena, que luego, curiosamente, estuvieron a mis órdenes'.

Viena ha sido una ciudad clave para la trayectoria del maestro. Allí obtuvo el título de director de orquesta con 21 años, con Premio Extraordinario del Ministerio de Ciencia e Investigación de Austria, siendo el titulado más joven de la historia en la Escuela de Música y Arte Dramático de la capital austríaca. A partir de este momento, Centroeuropa se convirtió en su hogar. Primero Suiza y después Alemania fueron sus grandes 'campos de batalla' a la hora de hacerse un nombre como director, sin olvidar, por supuesto, esa Austria que le acogió y que le proporcionaría sus primeros grandes éxitos. Su debut como director data de 1973, siempre en su ciudad talismán, Viena, aunque enseguida cimentó una importante carrera internacional, tras dirigir en Lucerna y en Berlín, donde debutó nada menos que con el 'Fidelio' de Beethoven. Su primera gran actuación como director en el Festival de Música y Danza data de 1975, y al mismo ha vuelto en varias ocasiones -no todas las que hubiera sido justo-, la última hace dos años con la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española y el también granadino Guillermo Pastrana como solista. Aquel mismo año, el evento granadino le concedió su Medalla de Oro.

La trayectoria de Gómez Martínez se ha cimentado en varios aspectos. Quizá el más importante, aprendido del propio Swarowski, sea la fidelidad a la partitura. En este sentido, afirma que 'hay que analizar la partitura profundamente. Un trabajo profundo, de investigación en cierto modo. Cuando se conoce bien el estilo de cada compositor no hay que hacerlo en detalle cada vez, sino analizar la obra'.

Otro de los pilares de ese éxito es su prodigiosa memoria, que le permite dirigir sin partitura más de 80 títulos del gran repertorio de ópera y más de 500 obras sinfónicas. Y no es que sea un éxito por el alarde que supone, sino por el estudio que hay detrás. Conocer una partitura de memoria no es como repetir un tema en una oposición a juez. Significa haberla comprendido, haberla 'oído' en la cabeza decenas de veces, y saber cómo debe sonar. El autor de este artículo le vio, precisamente, terminar en su camerino el proceso de aprendizaje de una ópera de Puccini. Cuando cierra la partitura, le queda la misma sonrisa cómplice en los labios de quien acaba de escuchar la ópera, por ejemplo, en el Teatro Real o en LaScala de Milán. La música ofrece estas pequeñas satisfacciones.

También esta 'manía' suya de dirigir sin partitura le ha ocasionado más de una situación divertida entre quien no le conoce. El músico o el solista a sus órdenes ve que la partitura está en el atril, pero que el maestro no pasa las hojas, lo que le puede ocasionar cierta inquietud. El propio Gómez Martínez cuenta la anécdota vivida en un concierto con la violinista rumana Silvia Marcovici, en Hamburgo: 'Pasé todo el primer movimiento en la primera página. Silvia se levantó en la pausa y me pasó las páginas hasta el segundo movimiento'.

Otra de las actitudes que ha cimentado su 'ser musical' es el inconformismo con el entorno cuando se pierde el respeto a la obra que se interpreta, tanto en lo sonoro como en lo escénico. Su eficacia, experiencia y rectitud como director musical en montajes de lelcanto' es incontestable -dirigió la Ópera de Viena-, y por eso, hace mucho tiempo que dejó de contemporizar o mirar con simpatía las transgresiones en los libretos. Al respecto, ha dicho: 'No estoy dispuesto a consentir que se asesinen obras como 'La Bohéme', como 'Tosca', que son un todo, porque la escena también es parte importante de ellas. 'Tosca' tiene que acontecer el día siguiente de la batalla de Marengo; desvirtuarla es un asesinato. No estoy en contra de las producciones contemporáneas, sino de las que van contra la esencia de la obra o del cantante. Si quieren que la Tosca cante a treinta metros de profundidad en un fortísimo, tampoco lo voy a consentir. La creatividad está bien, siempre que no afecte a la esencia de la obra ni a su desarrollo artístico'.

El currículo

La trayectoria profesional de Miguel Ángel Gómez Martínez no cabe en un currículo, por más que estos se utilicen hoy, también en el mundo clásico, como medida del valor de un profesional. Y eso que, en ocasiones, son el marketing, un buen representante, o una capacidad para medrar y captar atenciones por cualidades `extramusicales, vamos a dejarlo ahí, las que cimentan una fama que palidece cuando al intérprete se le coloca delante de una orquesta 'de verdad' o con un repertorio complicado. Como botón de muestra, podemos decir con respecto al maestro granadino que en la Orquesta Filarmónica de Viena, a la que dirigió por primera vez en 1977 cuando era un joven de 28 años, es uno de los directores más respetados y reclamados por sus músicos, quienes, por cierto, tienen una justificada fama de difíciles.

Como resumen, podemos decir que ha dirigido a todas las orquestas que han merecido o merecen la pena en el panorama internacional en las últimas cuatro décadas: Viena, Leipzig, Dresde, Berlín, Milán, Helsinki, todas las de Londres, Chicago, Denver... Mejor lo miran en su página web, que es muy completa. Allí también encontrarán la interminable relación de solistas que han compartido escenario con él, y los teatros por los que ha sido invitado. Es largo, prolijo, y les llegaría a aburrir a la par que asombrar el citarlos a todos.

Como compositor, tiene también una importante producción detrás. De entre sus obras, algunas tan importantes como la 'Sinfonía del Descubrimiento', destacamos, por su componente emocional, las 'Cartas de un enamorado', obra para barítono y orquesta, cuyos textos están sacados de los emails (las modernas cartas de amor), que se cruzaron el maestro y su esposa en la primera etapa de su noviazgo. El propio maestro reconoce que el nivel literario no es desbordante, pero sí lo es, para quien la escucha, la expresión musical de esos sentimientos sencillos, que calan como recordatorios de lo vivido.

En este currículo faltan dos responsabilidades que Granada le negó, o no consultó cuando estaban por cubrir. La primera, sin duda, es la dirección titular -no artística, no musical- de la Orquesta Ciudad de Granada. Cuando se produjo la salida de Josep Pons de la misma, defendimos, junto con un grupo de aficionados, la opción Gómez Martínez para ponerse al frente de la misma. Las razones de la negativa son prolijas de contar, e implican a demasiadas personas que en aquel momento, quizá por comodidad, quizá por cobardía, quizá por un poco de todo, decidieron que 'mejor no'. En alguna ocasión le he consultado al maestro si hubiera venido, aunque ello le supusiera residir seis meses al año en Granada. Porque claro, esto no sería venir de vez en cuando a ver cómo crecen las lechugas en el huerto, sino un trabajo profundo, tanto musical como gerencial, con supervisión de directores invitados, programas, giras, etcétera. Hoy, Gómez Martínez ha vuelto a ponerse al frente de la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española, una de las más acreditadas de Europa. Y lo ha hecho en una etapa además en que, a una situación musical complicada, con culpables que merecerían un artículo aparte, le ha tocado pechar con las obras del Teatro Monumental y un exilio a los auditorios de El Escorial y Pozuelo. Eso, para que lo toree. Por ello, y volviendo al tema de la OCG, quizá si en aquel momento se hubiera tomado la decisión correcta, hoy no estaríamos donde estamos. Pero jugar con el pasado sólo es eso, un juego.

La otra responsabilidad que debió confiarse a Gómez Martínez es la dirección del Festival de Música y Danza. Jugó en su contra una jugada política de aquel 'encantador de serpientes' que fue Gabriel Díaz Berbel, quien le presentó a bombo y platillo como asesor musical del consistorio que dirigía. Y eso que Gómez Martínez jamás se ha metido en política, aunque tiene sus opiniones, como todo el mundo. En este caso, jamás se planteó dirigir el Festival. El momento era otro, y los compromisos internacionales habrían hecho imposible una Dirección como la que él se habría planteado, es decir, a pie de obra, como es su costumbre, de la mañana a la noche, desayunando en el despacho y cenando con patrocinadores. Con respecto a este asunto, también es mejor correr un tupido velo.

¿Cómo podría Granada resarcir, al menos en parte, estos 'olvidos'? No cerrando de nuevo la puerta. El pasado domingo 26 de noviembre de 2017, con ocasión de su más reciente concierto en Granada, IDEAL publicó una entrevista donde el maestro manifestaba su desazón con el hecho de que la sede de su Fundación Internacional no esté en su ciudad, a pesar de haber realizado gestiones con el actual equipo de gobierno para que así fuera durante los últimos 18 meses. Tal entrevista provocó un cierto revuelo institucional, que impulsó al alcalde, Francisco Cuenca, a mantener una reunión inmediata con el maestro y su esposa, en calidad de presidente y vicepresidenta de la Fundación. Tras la misma, el primer edil se comprometió a buscar una ubicación para los valiosos fondos de dicha Fundación, con la vista puesta, también, en que los cursos que organiza se desarrollaran, al menos en parte, en Granada. Al cierre de este artículo, han pasado varios meses desde aquella reunión, y los avances han sido mínimos. Lo dicho: esperemos que no se cierre de nuevo la puerta, porque sería un grave error.

Miguel Ángel, simplemente

Hemos hablado a lo largo de este artículo de las cualidades musicales del maestro. De su peculiar forma de vivir la vida como un arte. En este punto, no quisiéramos dejar pasar la oportunidad de contar lo que, en lo que le conocemos, nos parece Miguel Ángel Gómez Martínez como ser humano. Aunque parezca engolado. Pero hay cosas que se ven a lo lejos y se palpan de cerca. Recordamos nuestro primer encuentro formal. Hace 11 años. Fue en un soleado día del mes de mayo. El maestro y su madre, alojados en un céntrico hotel de la capital, esperaban nuestra primera toma de contacto para concretar los detalles del concierto que tuvimos el honor de producir, y que conmemoraba el 75 aniversario de la que durante los últimos 18 años ha sido nuestra casa profesional. Traje gris claro él, elegante vestido su madre. Nos saludamos, y lo primero que nos preguntó fue si la orquesta había llegado bien, si había habido algún problema. Es preciso recordar que en aquella ocasión la orquesta contratada era la de Szeged (Hungría), y que el viaje, por fuerza, había sido largo y complicado.

Desde el primer momento, nos llamó la atención su cercanía. La confianza que transmite. Y el amor incondicional, ilimitado como es el amor de verdad, que profesaba a su madre. No era pura correspondencia a la dedicación recibida de niño, de joven. A esa dedicación de quien, desde aquel primer concierto con siete años de edad, supo estar dos pasos por detrás, yendo siempre por delante. Era mucho más. Una mirada entre ambos lo decía todo. Gómez Martínez, cuando habla, mira directamente a los ojos, y lee la partitura de quien tiene enfrente casi con avidez, dejando al mismo tiempo que su interlocutor se coloque donde quiera estar. A partir de aquí, el maestro se echa esa siesta que tanto le gusta -y que tanto añora, por falta de tiempo material para hacerla en la inmensa mayoría de los días-, y sale el ser humano. Habla mucho de música, pero también de la vida. De la familia. Se interesa por las circunstancias personales de uno. Hace preguntas siempre oportunas porque Granada le sigue importando, y mucho. Habla poco de sí mismo en las entrevistas. Alguna pincelada deja, como esta: 'La paciencia, creo, es una de mis virtudes. Cuando alguien no lo consigue a la primera, para eso están los ensayos'. Y sobre todo, es muy divertido. Cuenta anécdotas y chistes sin parar. Le ayudan a relajar el ambiente cuando está en el podio.

Y en el foso se lo agradecen. Se le da muy bien, quizá porque tiene un sentido lúdico de la vida, labrado, eso sí, tras muchas noches de insomnio y trabajo.

Luego de aquel concierto de mayo de 2007, saldado con un rotundo éxito, hemos vuelto a verle siempre en Granada, con ocasión de sus visitas. Aquí tiene en nuestro compañero y maestro, José Luis Castillo -Kastiyo en las lides periodísticas- y en su esposa, la pianista Maribel Calvín, a sus dos grandes amigos. Aquí tiene sus raíces, a pesar de que Granada, como ha quedado dicho, no le ha tenido en cuenta en momentos claves de su historia cultural reciente, cuando podría haberle prestado grandes servicios.

En lo personal, nos llama la atención que Gómez Martínez es el 'antigranaíno' Es desprendido hasta decir basta. Generoso en todo, y muy especialmente con el tiempo, que es lo que más escasea tratándose de él. Y siempre dispuesto para participar en cualquier iniciativa solidaria que se le plantee, cuando la agenda lo permite. Este es un capítulo que lleva muy en secreto, pero nos constan generosas contribuciones a muy diversas causas, propias de quien, sin llegar a pasar estrecheces, valora lo que gana, y lo que significa no tenerlo.

Acostumbrado a comidas y cenas de trabajo que a otro le podrían parecer un suplicio, sabe sacar partido de cada situación. Pero en la mesa, lo que más disfruta es un sencillo pescado fresco, y muy especialmente las pijotas, que son su debilidad. Quien ha comido alguna vez con él ha visto que, de no haber sido director de orquesta, habría sido cirujano de los de alta precisión. Es capaz, no de pelar, sino de viviseccionar el marisco, y de divertirse haciéndolo, de tal manera que cuando ha terminado, deja el plato como si no hubiera comido, las cigalas perfectamente colocadas con su piel y su cabeza. Puede parecer nimio, pero les podemos asegurar que llama poderosamente la atención.

Y ahora llega un momento algo difícil para quien escribe esto. Hablar de su mujer, Alessandra Ruiz-Zúñiga Macías. Granadina de la Gran Vía, afincada con su familia en Málaga hace años, y presidenta del Consejo Internacional de la Danza de Unesco para España y Latinoamérica. Doctora y profesora en Música, Danza, Pedagogía, Ciencias Humanas y Ciencias de la Educación, Dirección y Gestión Artística y Cultural y Artes Escénicas. La horma del zapato de Gómez Martínez. Brillante. Divertida hasta provocar la carcajada, con un humor y un 'savoir faire' contagioso. Y conocedora como nadie del complicado mundo de la clásica. Enamorada del maestro 'hasta las trancas', como él de ella. Con un amor sencillo, casi de niños, como quedó de manifiesto en los textos de las ya citadas 'Cartas de un enamorado'. Juntos constituyen un binomio absolutamente impagable. Es una de nuestras debilidades. Ambos comparten el amor por la literatura, y ambos han leído en su lengua original a autores como Nietzsche, Somerset-Maugham, Zilahy, Pérez Galdós, Schiller, Gironella, Víctor Hugo, Huxley, Balzac, Goethe y un largo etcétera, a pesar de tener una agenda endiablada.

¿Tiene algún defecto Miguel Ángel Gómez Martínez? Sí, claro. Lo tiene. Tiene varios, pero vamos a citar sólo dos. Uno, que le gusta 'darle al zapato' cuando conduce, siempre dentro de ciertos límites —en eso, a veces, es muy italiano, y parece pensar que los límites de velocidad están puestos 'a título indicativo'—. Pero cuando se encuentra con una carretera 'sin límites; como son muchas en Centroeuropa, es de temer. Nunca se ha visto envuelto en ningún accidente, ni nada por el estilo, porque emplea la misma sabiduría que demuestra al dirigir una orquesta cuando se pone el volante. Pero 'le pega' al coche tela.

El otro defecto, el más importante, es que siempre guarda un momento para decir la verdad. Que no tiene pelos en la lengua. Que no negocia con sus convicciones. Que es capaz siempre de decir a la cara, con una sonrisa no importada, lo que piensa de uno. Que nunca ha sido capaz de mentir. Y eso, como su exquisita educación, hoy no se estila. Y en el mundo de la clásica, menos. En este mundo en el que el marketing pesa más que la valía; en que el salirse de las normas no es un delito, sino un mérito; en el que nadie rechaza un planteamiento escénico, por muy descabellado que parezca, Miguel Ángel Gómez Martínez es capaz de decir no, y además, explicar por qué dice no. Así es. El maestro, como ya se ha comentado, ha rechazado dirigir emblemáticas producciones de ópera porque lo que iba a desarrollarse sobre la escena, sencillamente, no comulgaba con su forma de entender ese gran arte que es la música clásica. Y miren que los cheques eran sustanciosos. Pero nunca ha firmado una letra de cambio en blanco. Porque con su dignidad no se negocia. Este es su gran problema, su gran defecto. El que le ha cerrado las puertas de algunos sitios en los que, por otra parte, dudo mucho que él quisiera estar alguna vez. El que le ha granjeado cierta fama de intransigente. El que ha servido para afilar los colmillos de sus detractores, deseosos de despellejarle a la más mínima distracción. ¿Le hace eso estar más tenso? En absoluto. Aquí, como en todo, pronuncia una de sus frases más emblemáticas: 'Aquí no pasa nada, y si pasa, se le saluda'. Más allá de todo, más allá de todos, quedará para siempre el ejemplo de alguien que, insistimos, ha hecho de su vida un arte, y del arte, su vida.

José Antonio Muñoz Jiménez. Periodista del Diario Ideal